Subir a por aire

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El hombre cogió una segunda cerilla para limpiarse los dientes y miró la caja. El tren pasaba por un puente de hierro. Debajo de nosotros vi por un momento la camioneta de un panadero y una larga fila de camiones cargados de cemento. Lo curioso, pensé, es que en cierta manera lo que se piensa de los hombres gordos es verdad. Es un hecho que un hombre gordo, especialmente un hombre que ha sido gordo desde siempre, desde la infancia, no es exactamente como los demás. Su vida transcurre en un plano especial, como de comedia ligera, si bien en el caso de los tipos anormalmente gordos, de todos los que superan los ciento treinta kilos, ya no es tanto comedia ligera como farsa de la más burda. Yo he sido sucesivamente delgado y gordo, y conozco la diferencia que ello crea en la manera de mirar las cosas. En cierta forma, el estar gordo le impide a uno tomar las cosas muy a pecho. Dudo que un hombre que siempre ha sido gordo, un hombre al que han llamado gordito desde que comenzó a andar, conozca siquiera la existencia de alguna emoción profunda. ¿Cómo podría hacerlo? No tiene experiencia alguna en tales cosas. No puede siquiera estar presente en una escena trágica, porque una escena en la que interviene un hombre gordo no es trágica, sino cómica. Imagínense ustedes, por ejemplo, a un Hamlet gordo. O a Oliver Hardy en el papel de Romeo. Precisamente, hace sólo unos días estuve pensando algo parecido mientras leía una novela que había tomado a préstamo de Boots. Pasión malograda, se llamaba. El protagonista se entera de que su novia se ha ido con otro. Es uno de esos jóvenes de las novelas, que tienen el rostro pálido y expresivo y el cabello negro, y que viven de renta. Recuerdo más o menos aquel pasaje:


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