Subir a por aire
Subir a por aire «David recorría de un extremo a otro la habitación, oprimiéndose la frente con las manos. La noticia le había dejado completamente aturdido. Durante largo rato, no pudo creerlo. ¡Sheila le era infiel! ¡No era posible! Súbitamente, la conciencia del hecho le abrumó y lo vio en todo su horror. Era demasiado. Y se echó a llorar convulsivamente».
Era así o algo parecido. Y ya entonces me dio que pensar. Aquí lo tienen ustedes: así es como se supone que deben comportarse las personas, es decir, algunas personas. Pero ¿qué ha de hacer un hombre como yo? Supongamos que Hilda se fuese un final de semana con otro hombre. (Eso no me importaría en absoluto; más bien me agradaría descubrir que le queda aún vitalidad suficiente para ello, pero vamos a suponer que me importase). ¿Me echaría yo a llorar convulsivamente? ¿Esperaría alguien que lo hiciese? Con una figura como la mía, eso no es posible. Sería realmente escandaloso.