Subir a por aire

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La impresión era muy extraña, demasiado extraña para ser descrita. ¿Han leído ustedes un cuento de H. G. Wells que habla de un tipo que estaba en dos sitios a la vez? Es decir, en realidad estaba en su casa, pero tenía una especie de alucinación y creía estar al mismo tiempo en el fondo del mar. Daba vueltas por su habitación, pero en lugar de las mesas y sillas veía las ondulantes algas, los grandes cangrejos y las gibias que le salían al paso. Pues lo que me ocurría era algo así. Me pasé horas y horas recorriendo un mundo que no estaba allí. Bajaba por una acera contando los pasos y pensaba: «Sí, aquí es donde empezaba el campo de Fulanito. El seto cruza la calle y atraviesa aquella casa. Este puesto de gasolina es un olmo, y aquí se acababan los huertos. Y esta calle (recuerdo que era una pequeña y triste hilera de casas semiseparadas llamada calle Cumberledge) es el camino por el que íbamos siempre con Katie Simmons, el que tenía seto a los dos lados». No hay duda de que calculaba mal las distancias, pero en general la reconstrucción era correcta. No creo que nadie que no haya nacido en Lower Binfield se creyese que aquellas calles eran campos hacía solamente veinte años. Era como si el campo hubiese sido sepultado por una especie de erupción volcánica surgida de los barrios extremos. La casi totalidad de lo que fueron las tierras del viejo Brewer habían sido absorbidas por el grupo de casas del ayuntamiento. El molino y la casa habían desaparecido. El estanque donde pesqué mi primer pez había sido drenado y rellenado, y habían construido encima, así que no pude siquiera recordar con exactitud dónde estaba. Todo eran casas, casas, casitas todas iguales como dados rojos, con setos de ligustro y caminos asfaltados hasta la puerta de cada una. Más allá de las casas del ayuntamiento, la ciudad se hacía menos densa, pero las excavadoras trabajaban ya intensamente. Y había pequeños núcleos de casas esparcidas aquí y allá, dondequiera que alguien había podido comprar un trozo de tierra, calles de aspecto provisional, solares vacíos con letreros de las constructoras y campos abandonados llenos de maleza y de latas de conserva.


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