Subir a por aire
Subir a por aire Pero debo señalar que no estaba siempre del mismo humor. A veces me parecía que me importaba un comino el hecho de que Lower Binfield hubiese sido devorado. Al fin y al cabo, ¿para qué había ido allí excepto para escapar a la familia? No había ninguna razón para no hacer todas las cosas que tenía intención de hacer, incluso ir a pescar si tenía ganas. Y el sábado por la tarde fui a la tienda de aparejos de pesca de la Calle Mayor y me compré una caña de bambú (que había sido uno de los sueños de mi infancia; eran más caras que las de caña americana), anzuelos, tripa y todo lo demás. La atmósfera de la tienda me animó. Por mucho que cambie todo, los aparejos de pesca no cambian, porque, como es natural, los peces no cambian, y el vendedor no vio nada de extraño en el hecho de que un hombre maduro y gordo se comprase una caña de pescar. Al contrario, charlamos un rato sobre la pesca en el Támesis y sobre aquel cacho tan enorme que un tipo había pescado hacía dos años con una pasta hecha de pan moreno, miel y picadillo de conejo cocido. Hasta me compré —aunque no le dije al hombre para qué lo quería y apenas me lo confesé a mí mismo— el sedal para salmón más fuerte que tenían, y anzuelos del número 5, para pescar quizá aquellas grandes carpas de Binfield House, caso de que existiesen aún.