Subir a por aire
Subir a por aire Me pasé casi toda la mañana del domingo dándole vueltas a la cosa. ¿Iba a pescar o no iba? En algunos momentos pensaba que por qué demonios no podía ir, y al momento siguiente me parecía que era sólo una de aquellas cosas que uno sueña pero no hace. Pero por la tarde cogí el coche y me dirigí a la presa de Burford, con la intención, simplemente, de echar una ojeada al río. Al día siguiente, si hacía buen tiempo, quizá cogería mis aparejos nuevos, me pondría la chaqueta vieja y los pantalones de franela gris y me iría todo el día de pesca. O tres o cuatro días, si tenía ganas.
Atravesé la colina de Chamford. Al pie de ésta, la carretera hace un ángulo y sigue paralelamente el camino de sirga. Dejé el coche allí y seguí a pie. ¡Ah! Junto a la carretera había surgido un grupo de pequeños bungalows rojos y blancos. Podía habérmelo imaginado, desde luego. Y se veían muchos coches por el lugar. A medida que me aproximaba al río, oía cada vez más claramente el inconfundible plonk-tidel-tidel-plonk, el sonido de varios tocadiscos.