Subir a por aire
Subir a por aire Después de la curva, cogí el camino de sirga. ¡Dios mío! Otro sobresalto. El lugar estaba atestado de gente. Y donde antes estaban los prados había bares, máquinas tragaperras, puestos de dulces y helados… Aquello parecía Margate. Recuerdo cómo era antes aquel lugar. Uno podía andar por el camino durante kilómetros, y, aparte de los guardas de las fincas y de algún barquero que marchaba tranquilamente detrás de su caballo, nunca se veía un alma. Cuando íbamos a pescar allí, siempre teníamos la presa para nosotros solos. Muchas veces, cuando yo pasaba allí toda una tarde, veía una garza a la orilla del agua, a cincuenta metros de mí, y transcurrían a veces tres o cuatro horas sin que ninguna presencia humana la espantase. ¿Y de dónde había sacado yo la idea de que los hombres mayores no van a pescar? En las dos orillas, tan lejos como me alcanzaba la vista en ambas direcciones, había una hilera ininterrumpida de hombres que pescaban, uno cada cinco metros. Me pregunté por qué demonios habían venido todos allí, hasta que se me ocurrió que debían de pertenecer a algún club de pesca. Y el río estaba lleno de embarcaciones —barcas de remos, canoas, bateas, lanchas motoras— tripuladas por jovencitos semidesnudos, que gritaban todos a la vez y llevaban además, en muchos casos, un tocadiscos a bordo. Los flotadores de los pobres desgraciados que trataban de pescar se balanceaban arriba y abajo en las estelas que dejaban las embarcaciones.