Subir a por aire
Subir a por aire Anduve un poco por allÃ. A pesar del hermoso dÃa, el agua estaba sucia y agitada. Nadie pescaba nada, ni siquiera un ciprino. Me extrañaba que alguien esperase coger algo. Una multitud como aquélla bastaba para espantar a todos los peces de la tierra. Además, al ver los flotadores balancearse arriba y abajo entre los envases de helados y las bolsas de papel, me pregunté si habrÃa por allà algún pez que pescar. ¿Quedan aún peces en el Támesis? Supongo que sÃ, pero estoy seguro de que el agua ya no es la misma de antes. Tiene un color completamente diferente. Claro, ustedes pensarán que es cosa de mi imaginación, pero les digo que no. Sé que no es la misma. Yo me acuerdo de cómo era antes el agua del Támesis, de un verde luminoso y muy transparente; se veÃan los bancos de albures nadando entre las cañas. Ahora no se ve el interior del agua a cuatro dedos de profundidad. Está toda marrón y sucia, cubierta de una pelÃcula de gasolina procedente de los motores de los barcos, por no hablar de las colillas y de los papeles. Al poco rato, me volvÃ. No podÃa aguantar más el ruido de los tocadiscos. Claro que es domingo, pensé. En un dÃa de diario la cosa no serÃa tan terrible. Pero, de cualquier modo, sabÃa que no volverÃa allÃ. Que se queden con su maldito rÃo y que se vayan a la mierda, pensaba. Vaya donde vaya a pescar, no será en el Támesis. La multitud pasaba junto a mÃ; grupos de odiosos desconocidos, casi todos jóvenes, paseaban y reÃan. HabÃa alegres parejas y un grupo de chicas con pantalones de pata de elefante y gorritos blancos como los que llevan los marinos americanos, con frases impresas. Una de las chicas que debÃa de tener unos diecisiete años, llevaba escrito en el gorro BÉSAME, cosa que yo habrÃa hecho con gusto. Siguiendo un impulso, fui a pesarme en una de las máquinas tragaperras, una de esas que le dicen a uno el futuro además del peso. Se oyó un ruido metálico en el interior y salió de la máquina una tarjeta.