Subir a por aire
Subir a por aire George salió a la tienda. Era un hombre bajo y algo grueso, de cabeza calva, con un bigote grande y caído, de color naranja. Iba en mangas de camisa. Movía la mandíbula inferior con movimiento rumiante; era evidente que le habíamos cogido a medio tomar el té. Los dos se pusieron a buscar por la tienda la otra caja de pipas. Pasaron unos cinco minutos antes de que la encontrasen, detrás de unos frascos de dulces. Es increíble lo desordenadas que llegan a estar estas pobres tiendecitas en que todas las existencias no valen más allá de cincuenta libras.
Yo observaba a Elsie mientras revolvía trastos murmurando cosas entre dientes. ¿Se han fijado en los gestos de una mujer mayor cuando va de aquí para allá buscando algo que ha perdido, toda encorvada? Es inútil que intente explicarles lo que sentía. Una especie de desolación, de frío mortal. No lo pueden comprender a menos que lo hayan vivido. Todo lo que les puedo decir es que si hay alguna chica a la que quisieron hace veinte años, vayan a ver cómo es ahora, y entonces quizá sabrán lo que yo sentí.