Subir a por aire
Subir a por aire —… tardes —dijo, con la desgana propia del caso.
—Quisiera una pipa —dije con voz neutra—. Una pipa de brezo.
—Una pipa. A ver, a ver. Sà que tenemos unas pipas por aquÃ. A ver dónde… Ah, aquà están.
Sacó de debajo del mostrador una caja de cartón llena de pipas. ¡Qué forma de hablar tan vulgar tenÃa ahora! ¿O era sólo imaginación mÃa, porque me movÃa en un ambiente superior? Pero no, ella antes era una chica muy fina, como todas las dependientas de Lilywhite’s, y habÃa sido miembro del CÃrculo de Lecturas del vicario. Antes no hablaba en aquel tono, estaba seguro. Parece mentira cómo se echan a perder estas mujeres al casarse. Revolvà en la caja de pipas un momento, fingiendo mirarlas. Finalmente dije que me gustarÃa ver una con boquilla de ámbar.
—¿De ámbar? No sé si tenemos ninguna.
Se volvió hacia la trastienda y gritó:
—¡Geor-ge!
Asà que el otro tipo también se llamaba George. De la trastienda llegó un «¿Mmm?».
—¡Geor-ge! ¿Dónde pusiste la otra caja de pipas?