Subir a por aire
Subir a por aire Era la primera vez que le veía bien la cara, y aunque ya estaba preparado para lo que vi, la impresión fue casi tan fuerte como en aquel primer momento en que la reconocí. Me imagino que observando la cara de una persona joven, incluso de un niño, se debe de poder prever cómo será de mayor. Es cuestión de tener en cuenta la forma de los huesos. Pero, aun suponiendo que se me hubiera ocurrido, cuando yo tenía veinte años y Elsie veintidós, preguntarme cómo sería ella a los cuarenta y siete, no habría imaginado siquiera que pudiese nunca volverse así. Tenía toda la cara como caída, como estirada hacia abajo. ¿Saben ustedes ese tipo de mujer de mediana edad que tiene exactamente cara de bulldog? Tenía la mandíbula fuerte y prominente, los extremos de la boca curvados hacia abajo, los ojos hundidos, con bolsas debajo, exactamente como un bulldog. Y sin embargo era la misma cara de antes, la hubiese reconocido entre un millón. Su cabello no era completamente gris, sino de una especie de color sucio, y era mucho menos abundante de lo que había sido. Ella no me reconoció en absoluto. Yo era un cliente cualquiera, un extraño, un hombre gordo sin ningún interés. Es curioso lo que hace un dedo o dos de grasa. Me pregunté si yo había cambiado aún más que ella o si era simplemente que ella no esperaba verme, o si —como era muy probable, lo más probable— había olvidado totalmente mi existencia.