Subir a por aire
Subir a por aire No me puse en camino hasta bastante tarde. Debían de ser las cuatro y media cuando cogí el coche y subí con él por la carretera de Upper Binfield. A media altura de la colina, las casas se espaciaban y se hacían más abundantes las hayas. Allí, la carretera se bifurca. Yo tomé el desvío de la derecha, con la intención de dar un rodeo y volver después a la carretera de Binfield House. Pero al cabo de un momento me detuve para contemplar el bosquecillo que estaba atravesando. Las hayas parecían exactamente las mismas de antes. ¡Ya lo creo que eran las mismas! Dejé el coche en la hierba, junto a unas piedras, y di una vuelta por el lugar. Todo estaba igual. La misma tranquilidad, las mismas alfombras de hojas secas que crujían bajo los pies de uno y parecían pasar de un año al otro sin pudrirse. Nada se movía, excepto los pájaros de las cimas de los árboles, que no se veían. Era difícil creer que aquella grande, ruidosa y confusa ciudad estaba apenas a tres kilómetros. Comencé a atravesar el bosquecillo en dirección a Binfield House. Recordaba vagamente los senderos. ¡Dios mío! ¡Allí estaba! El mismo vallecito al que fui con la Mano Negra, donde tiramos con hondas a los pájaros y donde Sid Lovegrove nos explicó cómo nacían los niños, el día que cogí mi primer pez, hace ya casi cuarenta años.