Subir a por aire

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Fui paseando hasta la orilla del estanque. Los niños chapoteaban en el agua y hacían un ruido de mil demonios. Parecían ser miles. El agua parecía como muerta; no quedaban peces en ella. Había por allí un tipo mirando a los niños. Era un hombre viejo de cabeza calva, con unos pocos mechones de pelo blanco, con gafas y una cara muy tostada por el sol. Había en su apariencia algo vagamente extraño. Llevaba shorts, sandalias y una de esas camisas de seda artificial de cuello abierto. Pero lo que más me llamó la atención fue su mirada. Tenía los ojos muy azules y brillantes que le miraban a uno con expresión vivaz a través de las gafas. Me di cuenta de que era uno de esos ancianos que nunca se han hecho mayores, que o bien son fanáticos de la dietética o bien tienen algo que ver con los boy scouts, y en ambos casos son grandes amigos de la Naturaleza y de la vida al aire libre. Me miraba como si tuviese ganas de hablarme.

—Upper Binfield ha crecido mucho —dije.

Me miró vivamente.

—¿Que ha crecido? Mi querido señor, nosotros nunca permitiremos que Upper Binfield crezca. Aquí nos preciamos de ser gente bastante excepcional, ¿sabe usted? Nosotros solos formamos una pequeña colonia. Sin intrusos, ji ji…

—Yo quería decir en comparación con antes de la guerra —expliqué—. Yo viví aquí de muchacho.


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