Subir a por aire
Subir a por aire Comencé a preguntarme si aquel hombre no se habría escapado de Binfield House. Pero no, a su manera estaba bien cuerdo. Yo conocía el paño. Vegetarianismo, vida sencilla, poesía, contacto con la Naturaleza, paseos al amanecer antes del desayuno. Años atrás, en Ealing, había conocido a unos cuantos tipos como aquél. El viejo echó a andar y se puso a enseñarme la urbanización. De los bosques no quedaba nada. Todo eran casas, casas, ¡y qué casas! ¿Saben ustedes esas residencias de estilo Tudor con tejados ondulados, contrafuertes que no sirven para nada, jardines de roca con diminutos estanques de cemento y esos enanitos de yeso que se venden en las floristerías? Uno se hacía una idea de la horrible pandilla de higienistas, cazadores de fantasmas y amantes de la vida sencilla con mil libras al año que vivían allí. Hasta las aceras estaban hechas de losas irregulares, para imitar la antigüedad. No le dejé al hombre que me llevara muy lejos. Algunas de aquellas casas me hacían desear llevar una granada de mano en el bolsillo. Traté de atajarle preguntándole si a la gente no le importaba vivir tan cerca de un sanatorio mental, pero no dio mucho resultado. Finalmente, me detuve y le pregunté:
—Aquí había otro estanque, al lado del grande. No puede estar lejos.
—¿Otro estanque? No, creo que no. Me parece que nunca ha habido otro estanque aquí.