Subir a por aire

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—¿Peces? Ah, pues no tenía idea. Bueno, como es lógico, no podríamos tener un estanque aquí, en medio de las casas. Por los mosquitos, sabe usted. De todas maneras, lo vaciaron antes de que yo viniera aquí.

—Estas casas llevarán bastante tiempo aquí, ¿verdad? —pregunté.

—Ah, pues unos diez o quince años, creo.

—Yo conocí este lugar antes de la guerra. Entonces todo era bosque. No había ninguna casa excepto Binfield House. Pero aquel bosquecillo de allá no ha cambiado. Lo he atravesado viniendo para aquí.

—¡Ah, el bosquecillo! El bosquecillo es sagrado. Hemos decidido no construir allí nunca. Es muy apreciado por los jóvenes. La naturaleza, ya sabe usted.

Y explicó, lanzándome una mirada maliciosa, como si me estuviese confiando un secretillo:

—Lo llamamos el Valle de los Duendes…

El Valle de los Duendes. Me saqué de encima al viejo, volví al coche y puse rumbo a Lower Binfield. El Valle de los Duendes. Y habían llenado mi estanque de basura. La madre que les parió. Digan ustedes lo que quieran, llámenlo tonto, infantil, lo que quieran, pero ¿no les entran ganas de vomitar a veces de ver lo que están haciendo con Inglaterra, con sus estanques de cemento y sus enanitos de yeso, con sus duendes y sus basuras en los lugares donde antes estaban los hayales?


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