Subir a por aire
Subir a por aire ¿Que esto es sentimentalismo, dicen? ¿Que es antisocial? ¿Que no debería preferir los árboles a los hombres? Pues depende de qué árboles y qué hombres. Claro que la cosa no tiene remedio, y no se puede hacer otra cosa que maldecirles los huesos a los responsables.
Desde luego, pensé mientras bajaba por la colina, se acabó esta tontería de volver al pasado. ¿De qué sirve empeñarse en visitar los lugares de la infancia, si éstos ya no existen? ¡Subir a por aire! Si no hay aire. El cubo de basura en que estamos metidos llega hasta la estratosfera. De todas maneras, la cosa no me preocupaba especialmente. Después de todo, pensé, me quedaban aún tres días. Gozaría de un poco de paz y tranquilidad y dejaría de preocuparme por lo que le habían hecho a Lower Binfield. En cuanto a mi propósito de ir a pescar, estaba descartado, naturalmente. ¡Pescar! ¡A mi edad! Realmente, Hilda tenía razón.
Metí el coche en el aparcamiento del George y fui al salón. Eran las seis. Alguien había puesto la radio; estaba empezando el programa de noticias. Crucé el umbral justo a tiempo de oír las últimas palabras de un SOS. Y he de reconocer que me llevé un susto. Porque las palabras que oí fueron:
—«… pues su esposa, Hilda Bowling, está gravemente enferma».
Y la untuosa voz continuó diciendo: