Subir a por aire

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A primera vista parecía como si hubiesen llovido ladrillos y verduras del cielo. Había hojas de col por todas partes. La bomba había caído en una tienda de comestibles. A la casa de la derecha se le había llevado parte del tejado, y las vigas de éste estaban ardiendo, y todas las casas de alrededor habían sido más o menos dañadas y tenían rotas las ventanas. Pero lo que todo el mundo miraba era la casa de la izquierda. La pared, la que daba a la tienda de comestibles, había sido arrancada tan limpiamente como si alguien la hubiese quitado con un cuchillo, y lo extraordinario era que en las habitaciones del piso superior todo estaba intacto. Era como mirar una casa de muñecas. Dos cómodas, sillas, el papel de la pared descolorido, una cama aún sin hacer, con un orinal debajo, todo estaba exactamente como antes, excepto que faltaba la pared. Pero el piso de abajo había recibido el impacto de la explosión. Había allí una horrible confusión de objetos deshechos: ladrillos, yeso, patas de silla, fragmentos de un armario barnizado, trozos de un mantel, montones de platos rotos y los restos de una fregadera. Un bote de mermelada había rodado por el suelo, dejando tras sí un largo reguero de mermelada, y junto a él corría un reguero de sangre. Y entre la vajilla rota había una pierna. Sólo una pierna, cubierta todavía con el pantalón y calzado el pie con una bota negra, con tacón de goma. Esto era lo que causaba los oohs y aahs de la gente.


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