Subir a por aire

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Oh, sí, tienen razón, claro. No era un avión alemán. No había estallado la guerra. Había sido sólo un accidente. Aquellos aviones estaban haciendo prácticas de bombardeo —o, en cualquier caso, transportaban bombas— y alguien había accionado la palanca por error. Me imagino que a ese alguien le caería una buena. Para cuando el administrador de correos hubo llamado a Londres para preguntar si había guerra y le hubieron respondido que no, todo el mundo había comprendido que había sido un accidente. Pero durante cierto espacio de tiempo, entre uno y cinco minutos quizá, varios miles de personas creyeron que estábamos en guerra. Suerte que la cosa no duró más. Un cuarto de hora más y hubiésemos linchado a nuestro primer espía.

Seguí a la gente. La bomba había caído en una pequeña travesía de la Calle Mayor, aquella donde había estado la tienda del tío Ezequiel, a cincuenta metros de ésta. Al volver la esquina, oí voces que exclamaban «¡Ooh, ooh!», una especie de rumor aterrorizado, como si estuviesen asustados pero al mismo tiempo fascinados por lo que veían. Por suerte, llegué al lugar pocos minutos antes que la ambulancia y los bomberos, y a pesar de las cincuenta personas, más o menos, que se habían reunido ya, lo vi todo.



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