Subir a por aire
Subir a por aire Después de aquello, ya tenía bastante de Lower Binfield. Me iba a casa. Pero no me fui inmediatamente sacudiéndome el polvo de las sandalias. Estas cosas nunca se hacen así. Uno siempre se queda un rato dándole vueltas. Aquel día no se trabajó mucho en la parte vieja de Lower Binfield, porque todo el mundo estaba muy ocupado hablando de la bomba, del ruido que había hecho y de lo que había pensado al oírla. La camarera del George dijo que aún tenía la carne de gallina. Dijo que nunca podría volver a dormir tranquila, y que qué nos creíamos, que aquello demostraba que con las bombas nunca se sabía lo que iba a pasar. Una mujer se había mordido y arrancado parte de la lengua debido al sobresalto que le causó la explosión. Resultó que mientras en aquella zona de la ciudad todo el mundo había creído que se trataba de un bombardeo alemán, en la otra punta todos estaban convencidos de que había sido una explosión en la fábrica de medias. Después (como supe por el periódico) el Ministerio del Aire envió a un delegado a inspeccionar los daños, y publicó una nota diciendo que los efectos de la bomba habían sido «lamentables». Al fin y al cabo, sólo había matado a tres personas: el dueño de la tienda, llamado Perrott, y a un matrimonio anciano que vivía al lado. La mujer no quedó muy desfigurada, y al marido le identificaron por las botas, pero de Perrott no encontraron ni rastro. Ni un botón de su ropa para enterrar con su nombre.