Subir a por aire

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Por la tarde, pagué la cuenta y me marché. Después de pagar el hotel, no me quedaba mucho más de tres libras. Saben estrujarle a uno en estos hoteles de provincias tan finos. Y entre bebidas y unas cosas y otras había estado gastando bastante dinero. Dejé la caña de pescar nueva y el resto de los aparejos en la habitación. Podían quedarse con ellos. A mí no me servían de nada. Era sólo una libra que tiraba a la basura para darme a mí mismo una lección. Y la había aprovechado. Los hombres gordos de cuarenta y cinco años no pueden ir a pescar. Estas cosas ya no pasan, son sólo un sueño; nunca en la vida volveré a ir de pesca.

Es curioso cómo las cosas van calando en uno gradualmente. ¿Qué había sentido realmente cuando la bomba hizo explosión? En el momento mismo, naturalmente, me asusté muchísimo, y cuando vi la casa destrozada y la pierna del viejo sentí esa especie de moderada impresión que le causa a uno el presenciar un accidente de tráfico. Fue desagradable, desde luego. Suficiente para hacerme sentir harto de aquella especie de vacaciones. Pero en realidad no me había causado mucha impresión.




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