Subir a por aire

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De todas maneras, yo no he sido siempre gordo. He estado gordo durante ocho o nueve años, y me imagino que he desarrollado la mayoría de las características del grupo. Pero también es cierto que interiormente, mentalmente, yo no soy en absoluto gordo. No, no me interpreten mal. No estoy intentando presentarme como una especie de florecilla, como un corazón doliente tras una cara alegre ni nada de eso. Un hombre así no podría trabajar en seguros. Yo soy vulgar, no soy sensible, y encajo en mi ambiente. Mientras en alguna parte del mundo se vendan cosas a comisión y se ganen sueldos a fuerza de cara dura y ausencia de sentimientos delicados, los tipos como yo lo harán. En casi cualquier circunstancia, yo me las arreglaría para ganarme la vida —digo ganarme la vida, no amasar ninguna fortuna— e incluso en una guerra, en una revolución, en una epidemia o en una época de hambre, yo conseguiría sobrevivir durante más tiempo que la mayoría de la gente. Así es como soy. Pero también llevo otras cosas dentro; sobre todo, el recuerdo del pasado. Más adelante les hablaré de ello. Yo soy gordo, pero por dentro soy delgado. ¿No ha observado usted nunca que dentro de cada hombre gordo hay un hombre delgado, de la misma manera que cuando dicen que dentro de cada bloque de piedra hay una escultura?

El hombre que me había pedido las cerillas les estaba dando un buen repaso a sus dientes detrás del Express.


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