Subir a por aire
Subir a por aire —¡Oh, papá! ¿No las podemos ver ahora?
—No. Y ahora basta. Volved a la cama los dos o subiré a explicaros unas cuantas cosas.
Asà que por fin no estaba enferma. HabÃa sido efectivamente una comedia. Y casi no sabÃa si alegrarme o no. Volvà a la puerta de la calle, que habÃa dejado abierta, y entonces vi a Hilda en persona que venÃa por el sendero del jardÃn.
La miré mientras venÃa hacia mÃ, a la última luz de la tarde. Era extraño pensar que hacÃa menos de tres minutos habÃa estado aterrorizado, hasta el punto de sentir sudores frÃos en la espalda, pensando que podÃa haber muerto. No habÃa muerto, estaba exactamente como de costumbre. La Hilda de siempre, con sus hombros delgados y su expresión ansiosa, la factura del gas y la de la escuela, el olor a impermeables y los lunes en la oficina, todas las cosas sólidas e inmutables a las que uno vuelve invariablemente, las verdades eternas, como dice Porteous. Me di cuenta de que Hilda no estaba de muy buen humor. Me dirigió una mirada rápida, como hace a veces cuando tiene algo entre ceja y ceja, la mirada que le dirigirÃa a uno un animal pequeño, una comadreja por ejemplo. Pero no parecÃa sorprendida de verme de vuelta tan pronto.
—¿Ah, ya estás aquà otra vez? —dijo.
Era evidente que estaba allà otra vez, y no le respondÃ. Ella no hizo ademán alguno de besarme.