Subir a por aire

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No hubo respuesta. Durante un momento, estuve gritando «¡Hilda! ¡Hilda!» en medio del más absoluto silencio. Comencé a sentir en la espalda un sudor frío que partía de la columna vertebral. Quizá se la habían llevado ya al hospital, o quizá estaba ya muerta en la habitación, allá arriba, en la casa vacía. Comencé a subir las escaleras a toda velocidad, pero en el mismo momento los dos niños, en pijama, salieron de sus cuartos, uno a cada lado del rellano. Eran las ocho o las nueve, creo; el caso es que no había ya mucha luz. Lorna se asomó por encima de la balaustrada.

—¡Oh, es papá! ¡Es papá! ¿Por qué has vuelto hoy? Mamá dijo que no volverías hasta el viernes.

—¿Dónde está tu madre? —le pregunté.

—Ha salido. Ha salido con la señora Wheeler. ¿Por qué has vuelto hoy, papá?

—¿Así que tu madre no está enferma?

—No. ¿Quién te ha dicho que estaba enferma? ¡Papá! ¿Has estado en Birmingham?

—Sí. Pero ahora iros a la cama. Vais a coger frío.

—¿Y dónde están las cosas que nos has traído, papá?

—¿Qué cosas?

—Las cosas que nos has traído de Birmingham.

—Ya las veréis mañana por la mañana —respondí.


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