Subir a por aire

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Y de pronto me di cuenta de lo estúpido que había sido al pensar que ella había hecho una cosa como aquélla. ¡Claro que el SOS no era una comedia! ¡Como si tuviese suficiente imaginación para una cosa así! No era más que la pura y triste verdad. No estaba en absoluto haciendo comedia, estaba enferma de verdad. Y, Dios mío, en aquel mismo momento podía estar en cama retorciéndose de dolor, o incluso podía haber muerto. Aquella idea me causó un horrible estremecimiento de miedo, una especie de tremenda sensación de frío en el cerebro. Bajé por la calle Ellesmere a más de setenta, y en lugar de dejar el coche en el garaje como de costumbre, paré delante de la casa y bajé inmediatamente.

Así que, después de todo, yo quiero a Hilda, dirán ustedes. Pues, según lo que se entienda por querer. ¿Quieren ustedes a su propia cara? Probablemente no, pero no pueden imaginarse a sí mismos sin ella. Forma parte de ustedes. Pues esto es lo que yo siento por Hilda. Cuando las cosas van bien, no puedo soportarla, pero la idea de que podía estar muerta o simplemente enferma me asustaba.

Abrí la puerta nerviosamente con la llave y percibí de nuevo el familiar olor a impermeables viejos.

—¡Hilda! —grité—. ¡Hilda!


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