Subir a por aire
Subir a por aire Me puse a explicárselo, pero casi antes de empezar me di cuenta de lo que habÃa pasado. Todo habÃa sido un error. Yo habÃa oÃdo sólo las últimas palabras del SOS, y era evidente que se trataba de alguna otra Hilda Bowling. En el listÃn telefónico debe de haber cantidades de mujeres con ese nombre. Era uno de esos estúpidos errores que se cometen constantemente. Hilda no habÃa mostrado siquiera aquel poquito de imaginación que yo le habÃa atribuido. El único interés de todo aquel asunto habÃan sido los cinco minutos durante los cuales pensé que podÃa haber muerto, y descubrà que a pesar de todo la querÃa. Pero eso era ya agua pasada. Mientras se lo explicaba, ella me observaba, y yo podÃa ver en su mirada que se avecinaba tormenta de algún tipo.
Y después empezó a interrogarme en lo que yo llamo «la voz del tercer grado», que no es, como se podrÃa pensar, colérica y aguda, sino tranquila y reflexiva.
—¿Asà que oÃste aquel SOS en el hotel de Birmingham?
—SÃ. Ayer por la noche. Por la Radio Nacional.
—AsÃ, ¿cuándo te fuiste de Birmingham?
—Esta mañana, naturalmente.