Subir a por aire

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Detrás del reluciente mostrador rojo, una chica que llevaba un alto gorro blanco metía y sacaba cosas de una nevera, y en algún lugar, al fondo del local, sonaba una radio, con una especie de ruido metálico, «plonk-tidel-tidel-plonk». ¿Por qué demonios he venido aquí?, me dije, mientras entraba. En estos lugares hay una especie de atmósfera que me deprime. Todo es lustroso, brillante y aerodinámico; espejos, esmalte y cromados por todas partes. Todo se gasta en la decoración y nada en la comida. Y lo que dan aquí no es comida de verdad. Son listas de cosas con nombres americanos, una especie de comida fantasma que no sabe a nada, en cuya existencia real parece imposible creer. Todo viene en una caja o en una lata, todo sale de una nevera, de un grifo o de un tubo. No hay comodidad ni intimidad. Unos taburetes altos para sentarse y una especie de pupitre para poner el plato. Y espejos por todos lados. Flota en el ambiente, mezclada con el ruido de la radio, la idea de que la comida no importa, de que la comodidad no importa; nada importa excepto el lustre y el brillo y las líneas aerodinámicas. Hoy en día todo es aerodinámico, hasta la bala que Hitler tiene guardada para cada uno. Pedí una taza grande de café y un par de salchichas de Frankfurt. La chica del gorro blanco me las puso delante con el mismo entusiasmo, más o menos, con que se echa comida a los habitantes de una pecera.


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