Subir a por aire
Subir a por aire Éste es el mundo al que volví cuando vi el letrero que hablaba del tal Zog. Durante unos momentos, no me limité a recordar, sino que viví de nuevo en aquel mundo. Claro que este tipo de ilusiones no duran más que unos segundos. Un momento después, fue como si abriese los ojos de nuevo, y tuve otra vez cuarenta y cinco años y me encontré en el abarrotado Strand. Pero el recuerdo me había dejado una impresión. A veces, cuando se abandona una determinada línea de pensamiento, se tiene la sensación de salir del fondo del agua. Aquella vez fue al revés, como si al volver a 1900 hubiese respirado aire de verdad. Aún ahora que estaba despierto, por así decirlo, todos aquellos imbéciles que corrían de acá para allá, los letreros, la peste a petróleo y el rugir de los motores me parecían menos reales que aquel domingo por la mañana en Lower Binfield, treinta y ocho años atrás. Tiré el cigarro y seguí andando lentamente. Percibía aún el olor a muerto de la iglesia. En cierta forma, puedo percibirlo aún ahora. He vuelto a Lower Binfield y estamos en 1900. Junto al abrevadero de la plaza del mercado, el caballo del carretero come de su morral. En la tienda de dulces de la esquina, la señora Wheeler pesa medio penique de bolas de licor. Pasa el carruaje de lady Ramplin, con el lacayo sentado detrás, cruzado de brazos. El tío Ezequiel está maldiciendo a Joe Chamberlain. El sargento reclutador, con su chaqueta escarlata, sus apretados pantalones azules y su gorra cilíndrica, se pasea pavoneándose. Los borrachos vomitan en el patio trasero de George. Doña Victoria está en Windsor, Dios está en el cielo, Cristo está en la cruz, Jonás en la ballena, los compañeros de Daniel están en el horno ardiente y Sijón rey de los Amorreos y Og rey de Basán están sentados en sus tronos mirándose uno a otro, sin hacer nada concreto, simplemente existiendo, ocupando los lugares que les han sido asignados, como dos perros de porcelana.