Subir a por aire

Subir a por aire

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

¡Qué bien lo recordaba todo! Aquella sensación especial —porque era sólo una sensación, no se puede definir como una actividad— que llamamos «iglesia». El olor dulzón a muerto, el susurro de los trajes del domingo, el resollar del órgano y las poderosas voces, la mancha de luz del agujero del ventanal, que subía lentamente por la nave. De alguna manera los adultos llegaban a creer que aquella extraordinaria puesta en escena era necesaria. Los niños la aceptaban sin más, al igual que hacían con la Biblia, que, en aquellos tiempos, les era administrada a grandes dosis. En todas las paredes había citas bíblicas, y la gente se sabía de memoria capítulos enteros del Antiguo Testamento. Aún ahora tengo la cabeza llena de fragmentos. «Y los hijos de Israel pecaron nuevamente a los ojos del Señor». «Y Aser perseveró en sus errores». «Le hirió bajo la quinta costilla y le causó la muerte». Eran cosas que nunca se entendían, y que tampoco interesaba entender; eran como una especie de medicina: una cosa de sabor extraño que había que tragar y que se sabía necesaria por alguna razón. Un extraordinario galimatías de gente llamada Simí, Nabucodonosor, Ajitófel y Hashbadada, gente con largas túnicas y barbas asirias que iban de aquí para allá montados en camellos, entre templos y cedros, haciendo cosas muy raras: sacrificaban ofrendas quemadas, entraban en hornos ardientes, eran clavados en cruces y comidos por ballenas. Y todo ello se mezclaba con el olor dulzón a tumba y a ropas de sarga y al sonido del órgano.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker