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Los dos cantores acostumbraban a conseguir una especie de efecto de antífona, especialmente en los salmos. Era siempre Wetherall quien tenía la última palabra. Me imagino que en la vida privada se llevaban bien, pero en mis días infantiles yo creía que eran enemigos mortales y que trataban de hacerse callar a gritos el uno al otro. Shooter gritaba: «El Señor es mi pastor», y venía Wetherall y le replicaba: «Y nada me faltará», ahogándole completamente. Siempre se sabía cuál de los dos ganaba. A mí me gustaba especialmente el salmo que hablaba de Sijón, rey de los Amorreos, y de Og, rey de Basán (esto es lo que me recordó el nombre del rey Zog). Shooter comenzaba con «Sijón, rey de los Amorreos»; durante medio segundo, quizá, se oía al resto de los fieles cantando el «y», y entonces venía el impresionante bajo de Wetherall, como una enorme ola, y lo inundaba todo con su «Og, rey de Basán». Me gustaría que oyesen ustedes el tremendo resonar de barriles que había en aquel «Og». Yo me había hecho una imagen mental de Sijón y Og. Los veía como dos de esas enormes estatuas egipcias, de las que había visto fotos en el fascículo de la enciclopedia: esas enormes figuras de piedra de diez metros de altura, sentadas en sus tronos una frente a otra, con las manos en las rodillas y una leve y misteriosa sonrisa en los labios.



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