Subir a por aire

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Por aquel entonces, yo medía un metro veinte. Estaba de pie en el cojín para las rodillas a fin de ver por encima del banco de delante, y sentía bajo mi mano el vestido de sarga negra de mi madre. Sentía también mis calcetines, estirados hasta más arriba de las rodillas —como se llevaban entonces— y sentía el inclemente cuello almidonado en el que me aprisionaban los domingos por la mañana. Escuchaba el jadear del órgano y las poderosas voces que cantaban el salmo. En nuestra iglesia, dirigían los cantos dos hombres. En realidad, ellos cantaban tan alto que a los demás no les quedaba mucho que hacer. Uno era Shooter, el pescadero, y el otro el viejo Wetherall, el ebanista y dueño de la funeraria. Se sentaban frente a frente, uno a cada lado de la nave, en los asientos más próximos al púlpito. Shooter era un hombre bajo y grueso, de cara muy tersa y sonrosada. Tenía la nariz grande y la barbilla huidiza. Llevaba un bigote de puntas caídas. Wetherall era muy diferente. Era un anciano de unos sesenta años, flaco, alto y fuerte, con cara de calavera y pelo gris y estirado, que llevaba el pelo cortado no más largo de un centímetro. Nunca he visto a un hombre vivo tan parecido a un esqueleto. En su cara se apreciaban cada una de las líneas del cráneo; su piel era como el pergamino, y su larga mandíbula inferior, provista de dientes amarillos, se movía arriba y abajo como la mandíbula de un esqueleto en un museo anatómico. A pesar de su delgadez, se notaba al verle que era fuerte como un roble. Parecía que iba a vivir cien años y que antes de morirse haría los ataúdes de todos los que estábamos en la iglesia con él. Las voces de los dos hombres eran también muy diferentes. Shooter profería una especie de bramidos desesperados y agónicos, como los de alguien que tuviese un cuchillo clavado en la garganta y emitiese la última llamada de auxilio. Wetherall tenía un tremendo vozarrón, que parecía nacer en lo más profundo de sus tripas, donde vibraba y retumbaba. Era como un rodar de barriles bajo tierra. Por más ruido que hiciese, siempre quedaba claro que tenía mucho más en reserva. Los niños le llamaban «el Retumba».


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