Subir a por aire
Subir a por aire Me encontré en la iglesia parroquial de Lower Binfield, treinta y ocho años atrás. Aparentemente, desde luego, seguía andando por el Strand, con mi barriga y mis cuarenta y cinco años, con mi dentadura postiza y mi sombrero hongo, pero interiormente era Georgie Bowling, de siete años, hijo menor de Samuel Bowling, vendedor de granos y semillas, vecino del 57 de la Calle Mayor, en Lower Binfield. Era domingo por la mañana y sentía el olor de la iglesia. Lo sentía perfectamente. Ustedes saben cómo es el olor a iglesia: es húmedo, polvoriento, marchito y dulzón. Hoy tiene, además, algo de sebo de vela, una pizca de incienso y una sospecha de ratón. Los domingos por la mañana está también el olor a jabón y a ropas de sarga, pero siempre predomina este olor dulce, polvoriento y mohoso que es como el olor de la muerte y de la vida mezclados, como el olor de los cadáveres convertidos en polvo.