Subir a por aire

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Cuando recuerdo aquellos tiempos, siempre me parece que era verano. Siento a mi alrededor la hierba, tan alta como yo, y el calor de la tierra. Veo el polvo de la callejuela y la luz cálida y verdosa que se filtraba por las ramas de los avellanos. Puedo vernos a nosotros tres paseando, comiendo frutos de los arbustos, y a Katie tirando de mi brazo y diciendo «venga, niño». Y a voces gritando a Joe, cuando éste se alejaba: «¡Joe, ven aquí ahora mismo! ¡Te voy a dar!». Joe era un muchacho fornido de cabezota grande y enormes pantorrillas; era uno de esos chicos que están siempre haciendo algo peligroso. A los siete años llevaba ya pantalones, con los gruesos calcetines negros hasta más arriba de la rodilla y las recias botas que usaban entonces los muchachos. Yo llevaba aún una bata de lino confeccionada por mi madre. Katie vestía unas deshilachadas parodias de ropa de chica mayor, que habían pasado de una hermana a otra. Llevaba un sombrero grande y ridículo, con las trenzas colgándole por detrás, y una falda larga, sucia de arrastrarla por el suelo, y botines con los tacones destrozados. Era bajita, no mucho más alta que Joe. Servía para cuidar niños. En una familia como la suya, las niñas cuidan a sus hermanos desde que pueden tenerse en pie. A veces se hacía la mayor y trataba de portarse como una señorita, y nos sermoneaba a base de proverbios, que le parecían inapelables. Por ejemplo, si le decíamos «es igual», replicaba inmediatamente:


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