Subir a por aire

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Joe era dos años mayor que yo. Cuando éramos muy pequeños, mi madre pagaba a Katie Simmons dieciocho peniques por semana para que nos llevase de paseo por las tardes. El padre de Katie trabajaba en la fábrica de cerveza y tenía catorce hijos, de modo que todos los miembros de la familia estaban siempre buscando trabajo. Katie tenía sólo doce años cuando Joe tenía siete y yo cinco, pero su nivel mental no era muy superior al nuestro. Acostumbraba a tirar de mí cogiéndome por el brazo, y me llamaba «niño». Tenía la suficiente autoridad sobre nosotros para evitar que fuésemos atropellados por un carro o embestidos por un toro, pero en cuanto a conversación estábamos casi en igualdad de condiciones. Dábamos largos y lentos paseos, cogiendo y comiendo cositas todo el rato. Bajábamos por la callejuela de detrás de los huertos, seguíamos por los prados e íbamos hasta el molino, donde había un estanque con tritones y carpas pequeñas —al que Joe y yo habíamos de ir a pescar unos años después— y volvíamos por la carretera de Upper Binfield para pasar por una tienda de golosinas que estaba a la salida del pueblo. Aquella tienda estaba tan mal situada que todos los que instalaban su negocio en ella se arruinaban. Que yo recuerde, fue tres veces tienda de golosinas, una vez de comestibles y otra taller de reparación de bicicletas. Pero para los niños tenía una fascinación especial. Incluso cuando no teníamos dinero pasábamos por allí y pegábamos la nariz al escaparate. A veces nos partíamos con Katie un cuarto de penique de golosinas y nos peleábamos por el reparto. En aquellos tiempos, con un cuarto de penique se podían comprar muchas cosas. La mayor parte de las golosinas valían un penique las cuatro onzas, y había una cosa llamada «mezcla del paraíso», compuesta principalmente por golosinas rotas de otros botes, que valía un penique las seis onzas. Había también los «caramelos eternos», que valían un cuarto de penique, medían un metro y duraban media hora. Los gatitos y cerditos de azúcar costaban un penique los ocho, al igual que las pistolas de regaliz. Las palomitas de maíz costaban medio penique una bolsa grande. Las bolas con regalo, que contenían varias clases de dulces, un anillo dorado y a veces un pito, valían un penique. Ahora ya no se ven bolsas con regalo. Una gran mayoría de las golosinas que había entonces no se fabrican ya. Había unos caramelos blancos, planos, con fresas grabadas encima, y una cosa rosada y pegajosa que venía en cajitas ovaladas con una minúscula cucharilla de hojalata, que costaba medio penique. Las dos han desaparecido. Tampoco hay ya confites de alcaravea ni pipas de chocolate ni cerillas de azúcar, y ni siquiera se ven casi «cientos y miles». Los «cientos y miles» eran un gran recurso cuando se tenía sólo un cuarto de penique. ¿Y los Penny Monsters? ¿Qué se habrá hecho de los Penny Monsters? Era una enorme botella que contenía más de un litro de limonada gaseosa y costaba un penique. Ésta es otra de las cosas que murieron con la guerra.


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