Subir a por aire
Subir a por aire Antes de la guerra, y especialmente antes de la guerra de los bóers, era verano durante todo el año. Ya sé que esto es una ilusión. Estoy intentado explicarles la manera en que recuerdo aquellos tiempos. Si cierro los ojos y pienso en Lower Binfield como era antes de que yo tuviese, pongamos, ocho años, siempre lo recuerdo en verano. A veces veo la plaza al mediodía, sumida en un silencio soñoliento, y el caballo del carretero con el hocico hundido en el morral, comiendo tranquilamente; otras veces, veo una cálida tarde en los grandes prados, verdes y húmedos, que rodeaban el pueblo, o recuerdo el crepúsculo en la callejuela, detrás de los huertos, con el olor a tabaco de pipa y a alhelíes flotando por encima del seto. Pero, en otro sentido, sí que recuerdo las diferentes estaciones, porque todos mis recuerdos están relacionados con cosas de comer, que variaban según las épocas del año. Son sobre todo las cosas que crecían en los arbustos. En julio había zarzamoras —aunque eran muy raras— y las moras eran casi lo bastante maduras para comerlas. En septiembre había endrinas y avellanas. Las mejores avellanas estaban siempre demasiado altas. Después venían los hayucos y las manzanas silvestres. Había también todas las cosas de menor interés que se comían cuando no había nada mejor. Bayas —aunque no son muy buenas— y escaramujos, que tienen un sabor agradable y fuerte si se les quitan los pelitos. La angélica es buena a principios de verano, especialmente cuando se tiene sed, al igual que los tallos de varias hierbas. Está también la acedera, que es buena con pan y mantequilla, y las pacanas, y una especie de trébol que tiene un sabor ácido. Incluso las semillas de llantén son un recurso cuando se tiene hambre y se está lejos de casa.