Subir a por aire
Subir a por aire Pasó el tiempo, aprendà a dar cada vez pasos más largos y adquirà poco a poco algunos conocimientos geográficos. Me imagino que Lower Binfield era como cualquier otro pueblo de mercado de unos dos mil habitantes. Estaba en Oxfordshire —fÃjense que digo «estaba», a pesar de que el pueblo existe aún—, a unas cinco millas del Támesis, en un pequeño valle, separado del rÃo por unas colinas, y tenÃa otras colinas más altas al otro lado. En las cumbres de éstas habÃa bosques que parecÃan borrosas masas azules, y en uno de aquellos bosques se veÃa una gran casa blanca con una columnata, Binfield House. La cima de la colina se llamaba Upper Binfield[2], aunque allà no habÃa ningún pueblo ni lo habÃa habido durante cien años o más. Yo debÃa de tener casi siete años cuando advertà la existencia de Binfield House. Cuando se es muy pequeño no se mira a lo lejos. Pero en aquella época ya conocÃa cada rincón del pueblo, que tenÃa más o menos forma de cruz, con la Plaza del Mercado en el centro. Nuestra tienda estaba en la Calle Mayor, un poco antes de llegar a la plaza, y en la esquina estaba la tienda de golosinas de la señora Wheeler, donde los niños se gastaban su medio penique cuando lo tenÃan. La vieja Wheeler era sucia y parecÃa una bruja, y se decÃa que chupaba los confites y los volvÃa a poner en el bote, pero aquello nunca se comprobó. Más allá estaba la barberÃa, con el anuncio de los cigarrillos Abdulla —ése en el que aparecen soldados egipcios, y, cosa curiosa, es el mismo de ahora— y el olor penetrante y embriagador del ron de laurel y del tabaco de Latakia. Detrás de las casas se veÃan las chimeneas de la fábrica de cerveza. En medio de la plaza estaba el abrevadero de piedra; en la superficie del agua habÃa siempre una fina capa de polvo y paja.