Subir a por aire

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Cuando se es muy pequeño, parece que se adquiere conciencia súbitamente de cosas que se han tenido delante desde siempre. Las cosas que le rodean a uno se presentan en la mente de una en una, de manera parecida a como lo hacen cuando se está saliendo del sueño. Por ejemplo, hasta que tuve casi cuatro años no me di cuenta de manera clara de que teníamos un perro. Se llamaba Nailer. Era un viejo terrier inglés, blanco, de una variedad que hoy ya no es frecuente. Le vi bajo la mesa de la cocina y me pareció comprender por primera vez y de manera súbita que era nuestro y que se llamaba Nailer. De la misma manera, había descubierto poco tiempo antes que detrás de la puerta que había al final del pasillo había un lugar de donde procedía el olor a pipirigallo. Y las cosas de la tienda, las enormes escaleras, las medidas de madera y la pala de hojalata, las letras blancas del escaparate y el pinzón en su jaula —que no se veía muy bien ni siquiera desde la acera, porque el cristal estaba siempre polvoriento— se fueron ordenando en mi mente una tras otra como las piezas de un rompecabezas.






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