Subir a por aire

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Si la insultábamos, nos decía «a palabras necias, oídos sordos»; cuando presumíamos de algo, declaraba «al gallo que canta, le aprietan la garganta». Un día que me lo advirtió a mí cuando jugaba a andar como un soldado, pavoneándome mucho, me caí en una cagada de vaca. La familia de Katie vivía en una especie de sucia ratonera en la calle miserable que había detrás de la fábrica. El lugar hormigueaba de niños. Todos sus hermanos habían conseguido zafarse de ir a la escuela, lo cual, en aquella época, era bastante fácil, y desde que tenían uso de razón se dedicaban a hacer recados o pequeños trabajos. Uno de los mayores fue condenado a un mes por robar nabos. Katie dejó de llevarnos de paseo al cabo de un año, cuando Joe tenía ocho y era ya demasiado fuerte para ella. Además, había descubierto que en casa de Katie dormían cinco en una cama, y acostumbraba a mortificarla con este tema. ¡Pobre Katie! Tuvo su primer hijo a los quince años. Nadie supo quién era el padre, y probablemente ella misma tampoco estaba muy segura. La mayoría de la gente pensó que era alguno de sus hermanos. El niño fue internado en el asilo y Katie se fue a servir a Walton. Algún tiempo después, se casó con un calderero remendón, lo cual, incluso para una familia como la suya, representaba un descenso en la escala social. La última vez que la vi fue en 1913. Yo iba en bicicleta por Walton y pasaba por delante de unas horribles barracas de madera que había junto a la vía del tren, rodeadas por vallas hechas de duelas de barril, donde se instalaban los gitanos en algunas épocas del año, cuando la policía les dejaba. Una mujeruca arrugada, con el pelo caído sobre una cara cenicienta, que aparentaba al menos cincuenta años, salió de una de las casuchas y se puso a sacudir una estera andrajosa. Era Katie, que debía de tener por entonces veintisiete años.


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