Subir a por aire

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A media mañana, alguno de los granjeros entraba en la tienda y se ponía a examinar muestras de grano haciéndolas pasar entre los dedos. En realidad, mi padre no hacía mucho negocio con los granjeros, porque no tenía carretón para repartir y no podía conceder créditos a largo plazo. La mayoría de sus transacciones eran de muy pequeña envergadura; vendía comida para las aves de corral, forraje para los caballos de los comerciantes y cosas de este tipo. El viejo Brewer, el del molino, que era un viejo avaro con una barbita de chivo, acostumbraba a quedarse en la tienda durante media hora, manoseando muestras de grano y dejándolas caer en el bolsillo haciéndose el despistado, después de lo cual, naturalmente, se iba sin comprar nada. Por las noches, los bares estaban llenos de hombres borrachos. En aquel tiempo, una mediana de cerveza costaba dos peniques, y, a diferencia de la cerveza de ahora, era muy buena. Durante la guerra de los bóers, el sargento reclutador iba al bar del George todos los jueves y sábados por la noche, vestido de veintiún botón y muy generoso en las invitaciones. A veces, a la mañana siguiente, se le veía llevando consigo algún peón de granja de cara colorada y expresión estúpida, que había mordido el anzuelo cuando estaba demasiado borracho para darse cuenta de lo que hacía, y que descubría después que le costaría veinte libras salir del atolladero. Al verles pasar, la gente salía a la puerta de la calle y meneaba la cabeza tristemente, casi como si se tratase de un cortejo fúnebre.


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