Subir a por aire
Subir a por aire Mi padre era muy diferente del tío Ezequiel. De mis abuelos, sé poca cosa, porque murieron antes de que yo naciese. Sólo sé que mi abuelo era zapatero remendón y que se casó, ya mayor, con la viuda de un vendedor de granos, y que fue así como mi padre heredó la tienda. Pero él no era hombre para aquel trabajo, aunque lo conocía muy bien y trabajaba incansablemente. Aparte de los domingos y de algún día laborable por la noche, no recuerdo haberle visto nunca sin harina en el dorso de las manos, en las arrugas de la cara y en lo que le quedaba de cabello. Se había casado cuando pasaba de los treinta años, y debía de tener casi cuarenta años cuando comenzó a grabarse su imagen en mi recuerdo. Era un hombre de baja estatura, reposado y gris, siempre en mangas de camisa y delantal blanco, siempre polvoriento de harina. Tenía la cabeza redonda, la nariz chata, el bigote poblado y el cabello rubio claro, del mismo color que yo, aunque le quedaba ya poco y lo llevaba siempre lleno de harina. Usaba gafas. Mi abuelo había mejorado mucho de posición al casarse con la viuda de un comerciante, y mi padre se educó en la Walton Grammar School, donde enviaban a sus hijos los propietarios de granjas y los comerciantes de buena posición, mientras el tío Ezequiel se jactaba de no haber ido a la escuela en su vida y de haber aprendido a leer él solo a la luz de una vela de sebo después de la jornada de trabajo. Era un hombre de mente mucho más ágil que mi padre; podía discutir con cualquiera que se pusiese por delante, y acostumbraba a hacer largas citas de Carlyle y de Spencer. Mi padre era lento en asimilar las cosas y nunca había sido aficionado a «leer libros», como él lo llamaba, y no hablaba correctamente. Las tardes de domingo, las únicas horas en que realmente descansaba, se sentaba junto a la chimenea de la sala y se leía el periódico de cabo a rabo. Su periódico predilecto era The People. Mi madre prefería el News of the World, porque traía más crímenes. Puedo verlos aún ahora, en una tarde de domingo —en verano, siempre en verano—, con el olor del cerdo asado con verduras flotando aún en el aire, mi madre a un lado de la chimenea comenzando a leer el último crimen y quedándose después dormida con la boca abierta, y mi padre al otro lado, en zapatillas y con las gafas puestas, tragando lentamente metros y metros de la minúscula letrita. Y el dulce ambiente del verano envolviéndolo todo, los geranios de la ventana, un estornino arrullando en algún lugar y yo debajo de la mesa leyendo el B.O.P.[4] e imaginando que el mantel era una tienda de campaña. Después, a la hora del té, mientras comía rábanos y cebollas tiernas, mi padre hablaba, meditativo, de lo que había leído, de los incendios y naufragios, de los escándalos en la alta sociedad, de aquellas nuevas máquinas para volar y de aquel tipo —que, según he observado, ha venido apareciendo en los periódicos dominicales como una vez cada tres años— que fue devorado por una ballena en el mar Rojo y sacado de ella al cabo de tres días, vivo, pero todo blanco a causa de los jugos gástricos de la ballena. Mi padre se mostró siempre algo escéptico respecto a este hecho y respecto a las nuevas máquinas para volar, pero, aparte de esto, se creía todo lo que leía. Hasta 1909, nadie en Lower Binfield admitió que los seres humanos pudiesen llegar a volar. La teoría oficial era que si Dios hubiese querido que volásemos nos habría dado alas. El tío Ezequiel replicaba a esto que si Dios hubiese querido que fuésemos en coche nos habría dado ruedas, pero él tampoco creía en las nuevas máquinas para volar.