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Pero mi padre sólo pensaba en estas cosas los domingos por la tarde y, quizá, la única noche de la semana en que entraba en el George a tomarse un quinto de cerveza. Durante el resto del tiempo, estaba siempre más o menos absorbido en el negocio. No es que hubiese realmente mucho que hacer, pero él estaba siempre ocupado, bien en el desván del otro lado del patio, transportando sacos y fardos, o bien en el polvoriento cuartito que había detrás del mostrador de la tienda, haciendo números en una libreta con un cabo de lápiz. Era un hombre muy honrado y servicial, muy interesado en vender buena mercancía y no engañar a nadie, lo cual, ni en aquellos tiempos, no era la mejor forma de prosperar en los negocios. Habría sido el hombre ideal para algún pequeño puesto oficial, administrador de correos, por ejemplo, o jefe de estación en una localidad pequeña. No tenía ni la cara dura ni el empuje necesarios para pedir dinero prestado y ampliar el negocio, ni la imaginación suficiente para pensar en vender cosas nuevas. El único rasgo de iniciativa que tuvo nunca (inventar un nuevo alimento para pájaros enjaulados, la mezcla Bowling, que tuvo gran aceptación en un radio de casi cincuenta millas) se debió en realidad al tío Ezequiel. Al tío le gustaban mucho los pájaros y tenía muchos jilgueros en su oscura tiendecita. Sostenía la teoría de que los pájaros enjaulados pierden el color a causa de la poca variedad de su alimentación. En el patio de detrás de la tienda, mi padre tenía un trocito de tierra en el que cultivaba, bajo tela metálica, unas veinte clases de hierbas. Secaba aquellas plantas y mezclaba sus semillas con el alimento habitual de los canarios. Jackie, el pinzón que teníamos en el escaparate, era un anuncio de la mezcla Bowling. Y ciertamente, a diferencia de la mayoría de los pinzones enjaulados, Jackie nunca se volvió negro.


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