Subir a por aire
Subir a por aire En las tardes de verano, se oía incesantemente el zumbido de los moscardones. Nuestra casa no tenía cuarto de baño, al igual que la inmensa mayoría de las de Lower Binfield. Me imagino que en el pueblo había unas quinientas casas, y seguro que no había más que diez con cuarto de baño y no más de cincuenta con lo que ahora llamamos W.C. En verano, nuestro patio siempre olía a basura. Y todas las casas tenían insectos. En la nuestra, había cucarachas en los frisos de madera y detrás del horno, además, naturalmente, de los gorgojos que se criaban en la harina de la tienda. En aquella época, ni siquiera una buena ama de casa como mi madre tenía nada que objetar a las cucarachas. Éstas formaban parte de la cocina lo mismo que el armario o los rodillos de amasar. Pero había insectos e insectos. Las casas pobres de detrás de la cervecería, donde vivía Katie Simmons, estaban invadidas por las chinches. Mi madre, como cualquier otra esposa de tendero, se habría muerto de vergüenza si hubiese tenido chinches en casa. Y quedaba bien decir que no se sabía siquiera cómo eran las chinches.