Subir a por aire
Subir a por aire Por aquel entonces —hasta 1909, para ser exactos—, mi padre podÃa aún pagar a un aprendiz, y a la hora del té le dejaba a él en la tienda y venÃa a reunirse con nosotros. Cuando llegaba, con el dorso de las manos salpicado de harina, mi madre interrumpÃa su tarea de cortar el pan y le decÃa:
—Bendice la mesa, padre.
Y padre, mientras nosotros inclinábamos la cabeza sobre el pecho, murmuraba reverentemente:
—Haznsñor dignos dlo quacabamos drecibir amén.
Más adelante, cuando Joe fue un poco mayor, madre le decÃa:
—Bendice la mesa tú, Joe.
Y Joe canturreaba la bendición. Madre nunca bendecÃa la mesa; tenÃa que ser un hombre.