Subir a por aire

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Lo que leía con mayor frecuencia durante la semana era el Hilda’s Home Companion. En aquel tiempo, ese semanario formaba parte de las cosas habituales en todos los hogares como el nuestro. Y por cierto que aún existe, aunque ha sido algo desplazado por las revistas femeninas más modernas que han aparecido después de la guerra. Hace pocos días tuve ocasión de hojear un ejemplar. Ha cambiado, pero no tanto como otras cosas. Aparece aún en sus páginas el inacabable serial de seis meses de duración (que termina felizmente con la marcha nupcial), y los mismos consejos para el hogar, los mismos anuncios de máquinas de coser y de remedios para piernas fatigadas. Lo que ha cambiado es sobre todo la compaginación y las ilustraciones. En tiempos de mi madre, las heroínas tenían que parecerse a un reloj de arena, y ahora deben evocar más bien un cilindro. Madre leía despacio, amortizando bien los tres peniques que le costaba el Home Companion. Sentada en el viejo sillón amarillo junto a la chimenea, con los pies apoyados en el guardafuego de hierro y la pequeña tetera llena de té fuerte y humeante sobre la repisa, se tragaba lentamente toda la revista, incluyendo el serial, los dos cuentos, los consejos para el hogar, los anuncios de Zam-Buk y las respuestas del consultorio. El Hilda’s Home Companion solía durarle toda la semana, y a veces no lo terminaba. Algunas veces, el calor del fuego o el zumbido de los moscardones en las tardes de verano, la hacían quedarse dormida, y, hacia las cinco y cuarto, se despertaba con gran sobresalto, miraba el reloj de la chimenea y se ponía muy nerviosa pensando que se retrasaría el té. Pero el té nunca se retrasaba.


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