Subir a por aire
Subir a por aire Lo que me atraía por encima de todo era la idea de ir a pescar. A mis ocho años, no había ido nunca, aparte de atrapar alguna vez un espinoso con una pequeña red que costaba un penique. A nuestra madre le aterrorizaba la idea de que nos acercásemos al agua. Nos había «prohibido» ir de pesca, de la forma en que los padres de entonces lo prohibían todo, y yo no me había dado cuenta aún de que los adultos no ven más allá de sus narices. La idea de ir a pescar me fascinaba irresistiblemente. Muchas veces iba al estanque del molino y miraba las pequeñas carpas tomando el sol en la superficie, y a veces, bajo el sauce que había en un ángulo, veía cómo una gran carpa de forma de diamante —que a mí me parecía enorme, como de seis pulgadas de largo— subía rápidamente a la superficie, se zampaba algún bicho y volvía a sumergirse. Me pasaba horas con la nariz pegada al escaparate de la tienda de Wallace, en la Calle Mayor, donde vendían aparejos de pesca, escopetas y bicicletas. Las mañanas de verano, me quedaba en la cama despierto y pensaba en las cosas que Joe me había explicado: la manera de hacer la pasta de pan, la sacudida que daba el flotador antes de hundirse en el agua, el movimiento de la caña y el forcejeo del pez al extremo del sedal. Pero ¿para qué hablar del extraordinario encanto que tiene para un niño la pesca y todo lo referente a ella? Algunos chicos sienten lo mismo por las escopetas y la caza, otros por las motos, los aviones o los caballos. No es algo que se pueda explicar ni racionalizar; es algo mágico. Una mañana —era en junio y yo debía de tener ocho años— me enteré de que Joe tenía intención de hacer novillos para ir de pesca, y decidí ir con él. No sé cómo, adivinó lo que estaba pensando, y, mientras nos vestíamos, me advirtió: