Subir a por aire
Subir a por aire Joe dio media vuelta y me vio.
—¡Vaya! —dijo—. ¡Es el nene!
Echó a andar hacia mà como un gato que busca pelea.
—Vamos a ver. ¿Qué te he dicho yo hace un rato? Vete a casa volando.
Yo retrocedà para evitarle, pero declaré:
—No quiero volver a casa.
—Pues vas a volver.
—Dale un buen tirón de orejas, Joe —dijo Sid—. No queremos crÃos.
—¿Te vas o no te vas? —me conminó Joe.
—No.
—¡Muy bien, muchacho! Como quieras…
Echó a correr tras de mÃ. Al cabo de un momento le tenÃa muy cerca, atizándome un golpe tras otro. Pero no corrà alejándome del estanque, sino en cÃrculos. Después, Joe me atrapó y me tiró al suelo. Se arrodilló sobre mis brazos y comenzó a retorcerme las orejas, su tortura favorita y la que yo peor resistÃa. Comencé a llorar a voz en grito, pero no querÃa ceder prometiendo irme a casa. QuerÃa quedarme e ir a pescar con la banda. Inesperadamente, los otros se acercaron e intervinieron en mi favor. Dijeron a Joe que me dejase tranquilo y que me permitiese venir si tanto me empeñaba. De modo que, finalmente, lo conseguÃ.