Subir a por aire
Subir a por aire Los muchachos tenÃan anzuelos, sedales y flotadores, y un pedazo de pasta de pan en un trapo. Cortamos ramas finas del sauce que estaba en el ángulo del estanque. La casa estaba sólo a unos doscientos metros, y tenÃamos que permanecer ocultos, porque al viejo Brewer no le gustaba que viniese gente a pescar allÃ, a pesar de que a él no le perjudicaba en nada, pues sólo usaba el estanque para abrevar el ganado, pero odiaba a los chicos. Los otros tenÃan aún celos de mà y me decÃan constantemente que yo era sólo un crÃo y no sabÃa nada de pesca. DecÃan que hacÃa tanto ruido que espantarÃa a todos los peces, pero en realidad hacÃa mucho menos ruido que cualquiera de ellos. No quisieron que me sentara con ellos, y me mandaron a otro punto de la orilla donde el agua era menos profunda y no habÃa tanta sombra. DecÃan que un crÃo como yo se pasarÃa el rato moviendo el agua y espantarÃa la pesca. Era un lugar muy malo, donde habitualmente no habÃa peces. Yo lo sabÃa. SabÃa siempre, por una especie de instinto, dónde los habÃa y dónde no. Pero, fuese como fuese, habÃa conseguido por fin ir de pesca. Estaba sentado en la hierba, con la caña entre las manos. A mi alrededor, zumbaban las moscas y flotaba el intenso perfume de la menta silvestre. Miraba el flotador rojo sobre el agua verde, feliz como un rey, con las lágrimas marcadas aún en la cara sucia de polvo.