Subir a por aire

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Subió y tiró el pez sobre la hierba. Todos nos arrodillamos a su alrededor. ¡Qué contentos estábamos! El pobre animal moribundo saltaba y se retorcía, y sus escamas brillaban con todos los colores del arco iris. Era una enorme carpa, de un palmo de longitud más o menos, que debía de pesar más de cien gramos. ¡Cómo gritamos de alegría al ver que era nuestra! Pero al cabo de unos instantes, una sombra cayó sobre nosotros. Levantamos la mirada y vimos al viejo Brewer allí plantado, con su sombrero alto, uno de aquellos sombreros que eran un híbrido entre la chistera y el sombrero hongo; sus polainas de cuero y un grueso bastón de avellano en la mano.

Todos nos agachamos como perdices cuando se acerca el halcón. El viejo nos fue mirando a todos uno a uno. En su boca desdentada había una expresión maligna, y su barbilla, desnuda de la barbita que llevaba antes, parecía querer tocar la punta de su nariz.

—¿Qué hacéis aquí, muchachos?

No cabía mucha duda acerca de lo que estábamos haciendo. Nadie le respondió.

—¡Ya os enseñaré yo a pescar en mi estanque! —rugió súbitamente.

Y se lanzó sobre nosotros, repartiendo sonoros golpes en todas direcciones.


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