Indigno de ser humano
Indigno de ser humano —Cobarde —le dice una enfermera, sin molestarse en ocultar su desprecio.
Las noticias lo destrozan aún más. Su familia lo repudia. Ya no es solo un parásito: es un asesino a los ojos del mundo. Sin dinero, sin hogar y sin esperanza, Yozo deambula como un muerto en vida.
Esa misma noche, sentado en una taberna oscura, entiende algo con absoluta claridad: ha cruzado un umbral del que no podrá volver.
No es digno de ser humano.
Yozo se mira en el espejo y no reconoce al hombre que le devuelve la mirada. Ojeras profundas, piel pálida, el leve temblor en los dedos de alguien que ha bebido demasiado y dormido demasiado poco. Antes podÃa engañarse, podÃa vestirse con la máscara de la alegrÃa. Ahora, solo queda un reflejo roto.
Se refugia en la casa de una mujer mayor que lo recoge como si fuera un perro callejero. Ella le da un techo, comida, algo de consuelo. Pero Yozo no puede amar. Solo puede actuar.
—Eres un hombre bueno, Yozo —le dice ella, acariciándole el cabello. —Sà —miente él, sonriendo con esa expresión vacÃa que se ha vuelto su sello.