Indigno de ser humano
Indigno de ser humano La celda es frÃa, pequeña, con olor a humedad y desesperanza. Yozo se sienta en el suelo, apoyado contra la pared, y deja que el tiempo lo devore. No hay juicio, no hay preguntas. Para el mundo, él ya ha sido condenado mucho antes de estar aquÃ.
—DeberÃas haber muerto —le dice un policÃa antes de soltarlo, dÃas después.
Y tal vez tiene razón.
Libre, pero sin dirección, se arrastra por las calles como un fantasma. Solo quedan los bares, los rincones oscuros donde nadie hace preguntas, donde la bebida es lo único que importa. La morfina llega a su vida como una revelación. Una aguja. Un instante de alivio. La única forma de no pensar, de no sentir.
En uno de esos callejones conoce a Yoshiko. Es joven, pura, una luz en su oscuridad. Ella lo mira como si aún existiera algo rescatable en él. Y por primera vez, Yozo quiere creer en esa mentira.
—Podemos empezar de nuevo —susurra ella, con los ojos llenos de esperanza.
Él la abraza y piensa que tal vez, solo tal vez, podrÃa ser cierto.