La Patagonia Rebelde
La Patagonia Rebelde Varela encontró una región incendiada... pero organizada. No era un motín desordenado. Era una huelga con petitorios, reuniones formales, y comisiones negociadoras. Sorprendentemente, logró lo que parecía imposible: los huelguistas firmaron un acuerdo con los patrones. El ejército se retiró. Parecía una victoria del diálogo.
Los obreros celebraron.
—¡Ganamos, carajo! —gritó uno en el galpón de esquila de La Anita, brindando con un mate lavado—. ¡Ahora sí nos van a respetar!
Pero la calma era frágil. Los estancieros no perdonaban la humillación. Se replegaron, se reagruparon. Comenzaron a coordinar entre ellos, entre grandes casas comerciales y consulados extranjeros. El miedo al ejemplo patagónico se filtró en Buenos Aires, en los diarios, en los cafés de la elite.
La chispa de los “rotos” había prendido. Y eso era peligroso.
Mientras tanto, el juez Viñas era presionado desde todas partes. Los diarios lo acusaban de “bolchevique”, los comerciantes de “enemigo del progreso”. Los militares, molestos por su autonomía, enviaban informes alarmistas.
—Se están armando —mentían—. Son extranjeros. Anarquistas. Peligrosos.