La Patagonia Rebelde
La Patagonia Rebelde Son las 7:55 cuando lo ve salir. El teniente coronel Héctor Benigno Varela, con su uniforme impoluto y su sable al cinto. El hombre más odiado por los obreros del sur. El “fusilador de la Patagonia”, el ejecutor de más de 1500 peones. El mismo que ordenó cavar tumbas a quienes minutos después morirían dentro de ellas.
Wilckens espera. La hija de Varela, que al principio lo acompaña, se siente mal. Varela vuelve a dejarla en casa. El azar parece proteger al asesino, pero también protege a la inocencia. Ahora va solo.
Wilckens lo intercepta a la altura del zaguán de Fitz Roy 2493. Una niña se cruza en el camino, tres pasos adelante de Varela. Wilckens actúa con frialdad quirúrgica:
—¡Corre, viene un auto! —grita mientras la aparta, ocultando su intención tras un acto de aparente protección.
Varela se detiene, desconcertado. Entonces, la bomba estalla. El artefacto cae entre ambos y lo corta todo. Fragmentos de metal se clavan en las piernas de Varela y también en el cuerpo del atacante. Wilckens tambalea, sube unos escalones del zaguán, sacude la sangre y el ruido de su oído. Baja. Varela intenta mantenerse de pie, se apoya contra un árbol, lucha por desenvainar el sable. No lo consigue.
—He venido a hacer justicia —murmura Wilckens, casi para sí.
